Decian que de morirse,
morirse primero las palabras,
despues los gestos
y quedar las armas.
Lo que no sabian
aquellos ilustres ilocuentes
esque las armas que de verdad herian
eran las miradas sonrojantes
que escupian los acentos.
Pensaba que quedaria algo mas
dijo el señor tras eludir su mirada.
El recuerdo de falsos andenes vacios,
ya no provocaba en su almohada la falta de sueño
mientras se repartian sus nietos
la herencia vacia
de una noche sin dueño
gastada sin saberlo
en putas que eludian las esquinas
como las sirenas azules
de una vaga policia.
Faltaba en esta estraña relación
alguien que pusiese la cordura
que aunque no fuese por falta de inspiración
recordase que todo no es cuestion de usura.
Le sobraban tres palabras
de las cuatro menos una que habia dicho.
Sin faltar al respeto a nadie
dijo que ya no respetaba a ninguno de aquellos
que habian puesto los farolillos.
Asique por no ver,
de la luz de los que detestaba
cerraba los ojos
mientras los tenia abiertos.
No quedaban sombras
que les fuesen reconocibles de las cavernas
pero bien que recordaban las cadenas
que le ataban en aquella desdichada cabeza.
Cuanto iluso aborrecido
de la ilusion de un cuento vacio.
-Dijo el viejo.
Que por falta de sombrero
no encontraba la cabeza.
A todo esto llego una chiquilla
con menos años que tela en la falda que llevaba.
Llego con sus buenas tintas
y sus falsas convicciones y esperanzas.
Singular sin duda me direis
que es la escena en la que se encontraban
un camarero chino y otro pekines
y una señorita de mala fama.
Burlabanse de la estampa tan bella
que formaban aquellos caracoles en su salsa
tratando de conversar sin darse cuenta
que la boca la tenian
pero les faltaban las miradas.
Hay pobre de mi sin desdicha
dijo aquel que no nombraba
cuanta puta y yo tan viejo,
viejo sin baston ni bombin ni canas.
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