te dejabas caer en la cama como una carta en su buzón,
sujeto en el portal de enfrente.
No te importaba,
o eso nos hacias creer,
que nos despertase el olor de tu perfume,
proveniente te tu pelo mientras yo veia el cosmos.
Pequeño y desprotegido,
me veia llover en un acantilado de pasiones que no sentía
que no buscaba
que las mismas ramas de los árboles me traían
y se llevaban las hojoas.
No cabia la luz en este juego de sobmras,
ni el mayor resquicio de luz
que salía del centro de tus ojos
nos dejaba de cegar.
Creíamos ser libres,
cual pájaros
volando alto por las azoteas de los edificios.
Y esque íbamos muy lejos
sin mover los pies.
Cantaron las doce en el reloj de la torre
luego las once en el de la plaza
y yo ya no recuerdo como llegamos a las siete y media
cuando se callo el despertador.
Revoloteaban las gabiotas en la ventana,
sumidas en sus paranoias y pensamientos
soportando el peso del mundo bajo sus alas.
No cabían reproches ni agonías.
Y volvió a sonar el reloj,
sin pasar ni diez minutos.
Y la torre dio la una,
y el reloj de la plaza las tres,
mientras que el despertador estaba puesto de ayer,
a la hora en que no desapareció la cenicienta.
Habia más princesas atrapadas en sus ojos,
que la belleza que podía aportarle el espejo.
Y se marchitaban las sombras,
como se nos fundía el sueño.
La noche pasó como también paso la mañana siguiente,
y se me acababan las notas,
así que empecé una nueva escala.
Esta vez no puse compases.
Los dedos los tenía suaves,
se me borraron los callos de otras lunas.
Mis ojos eran suaves,
y en mi oido se escuchaba algo dulce.
Las montañas eran como las grandes llanuras de los libros
y los caminos rectos estaban empedrados sin sentido.
A nosotros que siempre nos gustaron poco los retos,
nos encontrabas remando rio arriba.
Donde no nos alcanzase el sol,
pues solo queriamos ver la luna.
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