No se como pero lo conseguiste,
me llevaste hasta ese universo
en el que ya no importa
y me devolviste la sonrisa.
Me mirabas con esos ojos tan tuyos
llenos de luces
de esos que te atraviesan y te ves por dentro,
a ti mismo.
Me descubristes más de mi,
de lo que yo habría imaginado jamás
y la ventana estaba como abierta,
pero sin que nos molestase la corriente.
Eras como un psicólogo,
pero de los buenos,
de esos que sabes que te escuchan de verdad
y si que te hablan,
dejando que te escuches.
No eras una más,
lo lei bien pronto en tu sonrisa.
Tampoco estoy seguro de que seas Ella,
pero eres tú,
que es más de lo que siempre he soñado.
Bailabas sin moverte,
con la alegría de tus pasos,
mientras yo me quedaba ipnotizado con tu vestido
aunque fueses en vaqueros.
Tratabas con tanta ignorancia tu alrededor
que lo hipnotizabas y hacías tuyo,
alegrandome un simple guiño
que me decía que te acordabas de mi.
Yo ya no podre olvidarte.
La lluvia no hizo más que ayudar
a que creciese la semilla de un amor recien plantado.
Y como en aquella vieja peli de aquel jolivuz con clase
yo bailaba de alegría sin moverme,
embriagado por la luz de tu rostro,
por la sencillez de tu sonrisa.
Caia ya el invierno envenenado
con una lluvia fría
de canciones de noviembre,
cuando me sorprendio otro guiño tuyo.
No tuvo respuesta.
Fue entonces cuando supe que ya
no vendrian reyes a regalarme nada,
y que los señores con barba blanca
perdian su bondad cuando se teñian.
Me hice mayor.
O eso creo.
Me hice mayor.
Y todo fue culpa tuya.
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